Indecisión en la soledad

Ezequiel Gómez Leyva 


Estoy en un laberinto, hay dos salidas, dos diferentes maneras de salir,  y la pregunta sigue en el aire, ¿Cuál de las dos debo de seguir?

Pero mientras eso sucede,  quise hacer una pausa en este trajinar vano y sinsentido, quise agradecerte todo lo malo que has recibido de parte mía  y que estoicamente sigues aguantando.


Incólume te yergues cual roca fundida como el magma, firme ante las inclemencias, segura de la fortaleza que recibes cada día, en cada oración, en cada suplica, en cada palabra de amor y devoción que das a los demás.



Oraciones que no compartes conmigo, oraciones que no rubricas con ese amén que consideras profano y prosaico, amén que demuestra tu desacuerdo ante mis palabras.

Las entiendo, lo comprendo y lo acepto, sin embargo en el fondo sigues aguantando las inclemencias diabólicas como muestra de que tienes todo el apoyo divino, y de que te sientes segura de la protección eterna del poder que rebasa la fuerza humana.

Te felicito, y te agradezco los días de amor, los días felices, y las alegrías que me diste, nunca fueron pocas, de hecho no puedo acordarme de momentos tristes, porque esos momentos fueron borrados con la felicidad que me prodígate como mendrugo de pan o limosna a un caminante hambriento y sediento, que necesita  tener limosnas de amor.


Limosnas de amor que para mi fueron el mejor regalo, envuelto en el mejor papel, como un chocolate decorado con los mejores papeles de oro y entregados a un niño que jamás supo de amor.

En este laberinto sigo pensando y sigo indeciso sobre cual camino tomar, sin embargo sea cual sea el camino resultante, siempre brillaras en mi agonía,  como sol deslumbrante en la débil oscuridad matutina.


Sol que baña mis lamentos, destellando líneas doradas en la oscuridad de mi vida.

Prodiga sonrisas en la calamidad de mi vida y aliéntame con esperanzas bordadas de ilusión, para que en cada amanecer pueda sentir el aire freso y las caricias del sol, que borren mis lamentos nocturnos insomnes.



El dorado de sus rayos iluminan intensamente el negro de tus ojos, y el fuerte color de bronce de tu cuerpo que danza cada noche a la pálida luz de la luna y que parece fundirse en las llamas de esta fogata que mantenemos encendida.

Sigo dudando, sigo dentro de este laberinto, sigo pensando en cuál será la mejor salida, porque solo ofrece dos, que cual nube se desvanece en el tiempo intangible de la vida.
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