A un mes: sistema en ajuste

  • AMLO y Morena: superpoderes
  • Peña: plácido retiro virtual
  • ¿Ganaron los ciudadanos?
Julio Hernández López
A un mes de una histórica elección, la realidad política y económica va ajustándose, a tropezones y a veces con aturdimiento, a la nueva conformación de poderes que se derivó de una votación apabullante contra el sistema vigente y, en particular, contra la forma de gobernar (más bien, desgobernar) de Enrique Peña Nieto y su deplorable gabinete.
Del uno de julio emergió un Andrés Manuel López Obrador sumamente poderoso, con la presidencia de la República adquirida en las mayores condiciones de legitimidad de la historia posterior a la Revolución Mexicana, con una mayoría en las cámaras del poder legislativo que significa una virtual capacidad aritmética (necesitada de agregados fácilmente adquiribles) de reformar la Constitución y las leyes casi al gusto, y una extendida presencia en todo el país (incluyendo el norte, tan reacio en otras elecciones a brindarse hacia opciones de “izquierda”), con congresos estatales morenizados que colocarán a los gobernadores de otros partidos bajo una vigilancia nunca antes vista y en una precariedad operativa también desconocida.
El mapa político nacional fue tomado como nunca por un partido: Morena es ahora hegemónico, mientras el resto de los partidos fueron reducidos a expresiones minoritarias, tragicómicas en algunos casos. Acción Nacional queda maltrecho y dividido y, en esas condiciones, constituye la principal fuerza opositora formal, sin visos de superar en el corto y mediano plazo sus pleitos internos (Ricardo Anaya ni siquiera ha dado la cara, luego de su gran derrota). El Revolucionario Institucional busca refundarse, con nuevo nombre, colores y proclamas, hundido por el peñanietismo electoralmente tóxico y la tecnocracia que quiso asaltar el poder (José Antonio Meade tampoco ha dado la cara, más que en fotografías vacacionales en internet, deseoso de instalar un despacho particular de consultorías). De la morralla (que incluye al Partido de la Revolución Democrática), ni hablar: quedaron peor.
La elección, que tantos vaticinios inquietantes había generado, disolvió el suspenso apenas a unas horas de haberse cerrado las urnas: Meade, Anaya, el consejero presidente del Instituto Nacional Electoral y el postrero ocupante de Los Pinos desfilaron ante cámaras y micrófonos para reconocer la victoria del tabasqueño, quien se apersonó en Palacio Nacional el martes siguiente para formalizar una transición de terciopelo, que representó para el ganador (AMLO) la posibilidad de asumir de inmediato una centralidad política y declarativa que ha ejercido a plenitud y, para el funcionario que dejaría el cargo casi cinco meses después de aquel encuentro en Palacio (EPN), la oportunidad de practicar una tranquila salida de escenario que ha ido atemperando el enojo social en su contra, casi un adelanto de su plácido retiro a casa luego del próximo uno de diciembre.
Ganaron López Obrador y Morena, sin duda alguna. Pero tal vez el principal ganador haya sido el votante que decidió ir a las urnas a propiciar un cambio sustancial en el país, entregando a aquel candidato y a ese partido un poder descomunal, suficiente para intentar reformas de fondo al sistema pero aún no se sabe si suficiente para vencer las resistencias de ese entramado de complicidades que puede dar un paso a un lado o hacia atrás pero en espera de restauración de lo que no ha funcionado y no de transformaciones revolucionarias.
La mayoría ciudadana que triunfó en las urnas habrán ganado en la realidad política si es capaz de apoyar e impulsar a fondo los planes de restauración presentados por López Obrador (aunque varios de esos planes, y la designación de responsables de su ejecución, van produciendo polémicas tempranas y desgaste anticipado) y, en particular, si es capaz de combinar ese apoyo con una vigilancia crítica de lo que se vaya cumpliendo o incumpliendo.
En otro tema: el ámbito de la moral también será alcanzado por la oleada de las nuevas rotulaciones. Ya se ha anunciado que la Secretaría de Desarrollo social pasará a ser una Secretaría del Bienestar (Sebiene, en lugar de Sedesol). Y, en esa misma línea, ahora se ha informado que pronto se convocará a los ciudadanos en general a participar en la forja de una nueva Constitución, la Moral: la idea es que “podamos elaborar conjuntamente una Constitución Moral, en la idea de que no solo debemos buscar el bienestar material, sino también el bienestar del alma. Fortalecer valores: culturales, morales, espirituales”, dijo el predicador tabasqueño.
La propuesta no es nueva. La formalizó Andrés Manuel López Obrador en un marco idóneo, al ser anotado como candidato a la presidencia de la República por el Partido Encuentro Social (PES), un partido de ultraderecha que ahora ha perdido el registro pero se ha quedado con más de medio centenar de diputados federales, gracias a la alianza electoral con Morena. El 20 de febrero de este año, en esa reunión con el partido evangélico, AMLO dijo que convocaría a la elaboración de una constitución moral, además de la existente Constitución Política, a fin de “establecer las bases para una convivencia futura sustentada en el amor y en hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad”. Frente a pastores, ministros y feligreses, el ahora VPE puntualizó: “Diálogo ecuménico, interreligioso, diálogo de religiosos y no creyentes, diálogo para moralizar a México”.
Astillas: Ha hecho saber López Obrador que el Servicio de Administración Tributaria será ocupado por una mujer. Hasta ahora, el nombre femenino mencionado con más fuerza es el de Rosalinda López Hernández, esposa del futuro gobernador de Chiapas, Rutilio Escandón, y hermana del futuro gobernador de Tabasco, Augusto Adán López Hernández. Como en el caso de Manuel Bartlett, enviado a dirigir la CFE: ¿no hay más cuadros profesionales valiosos, sin evidentes lazos políticos y preferencia regional?… ¡Hasta mañana, con la Asamblea Nacional de Francia instaurando, ejemplarmente, una multa de hasta tres mil euros al acoso sexual callejero!
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